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Género terror

 

El destartalado micro abarrotado de personas crujía mientras avanzaba milagrosamente por las anegadas calles del viejo pueblo. El repentino e intenso temporal que azotaba la región no había cesado en los últimos días y la situación comenzaba a volverse una pesadilla de la que no podían despertar. El rugido de un trueno se coló a través de las ventanillas empañadas y Celeste abrió los ojos. Sentada en el último asiento de aquel precario transporte, se quitó los auriculares y pasó su mano sobre la ventanilla para poder ver a través de ésta. Suspiró. Sus ojos demoraron en acostumbrarse a la luz mientras contemplaba las desiertas calles pobladas únicamente por algún que otro perro vagabundo en busca de un nuevo refugio. Giró la cabeza para mirar a su madre sentada a su lado en silencio, con la mirada perdida, sumergida en sus más profundos pensamientos. Con sus recientemente cumplidos trece años de edad, Celeste entendía a la perfección la situación. Aunque ya habían transcurrido más de cinco meses, la separación de sus padres había sido un golpe muy duro para las dos, mucho más el hecho de haber perdido el tan preciado hogar, viéndose obligadas a encontrar un nuevo lugar en el mundo. Jamás hubiesen imaginado que ese lugar sería en aquel alejado pueblo de la provincia de Buenos Aires. Habituada al bullicio y al movimiento constante de la ciudad, Celeste encontraba allí una exagerada calma y una casi insoportable tranquilidad.

Pero desde el momento que pisaron por primera vez el pueblo, todo había resultado ser viajes y más viajes. La mudanza fue un proceso lento que había desgastado tanto su pequeño cuerpo como la relación con su madre, quien últimamente permanecía en silencio, abstraída de todo a su alrededor. La mudanza a esa ‘diminuta cueva’ como le gustaba llamarla, había sido una pesadilla, pero no tanto como lo fue encontrar un nuevo colegio. Jamás hubieran imaginado que aquel lugar tuviera únicamente dos escuelas y que ambas se encontraran con la capacidad al límite. Tampoco había logrado imaginar la tenacidad de la madre en lograr convencer a las autoridades de ellos para conseguir una vacante. Pero los insistentes llamados y las numerosas visitas al establecimiento habían logrado su fruto. Aunque el ciclo escolar había comenzado ya treinta días atrás, Celeste tenía un lugar asegurado en un alejado colegio ubicado al límite del pueblo. Y era allí precisamente donde estaban yendo, al encuentro de sus nuevos compañeros en ‘su’ primer día de clase. Enrolló los auriculares y los guardó delicadamente en su mochila para luego contemplar la pantalla de su celular. Como era de esperar, no tenía señal. Aprovechó para sacar una foto del interior del deteriorado colectivo. Todo a su alrededor le resultaba extrañamente ajeno, las personas, los sitios, las casas, simplemente todo.

Después de un rugido interminable, el micro se detuvo y la puerta se abrió para dejar entrar una brisa fresca. Su madre descendió primero y, luego de abrir el paraguas, la tomó de la mano caminar por la calle anegada bajo una torrencial tormenta. El viento les hacía casi imposible avanzar. Se preguntaba cómo iba a hacer su madre para regresar a la casa. Pero algo más la distrajo de sus pensamientos. Frente a ella apareció la escuela. Una antigua pero bien mantenida construcción baja con muchas ventanas y una amplia puerta central justo debajo de un gran escudo con el nombre de la institución. Su madre la despidió con un beso y unas palabras, pero un nuevo trueno le impidió escuchar con claridad. Ingresó corriendo, embarrando aún más sus zapatillas favoritas. Giro la cabeza una última vez para observar a su madre regresar lentamente bajo la intensa lluvia, para luego perderse a la vuelta de la esquina.

Todo lo que sucedió después transcurrió increíblemente rápido para ella. Quizás los nervios de un nuevo comienzo, tal vez la ansiedad por ordenar su vida nuevamente. Lo cierto fue que el ingreso al salón, como la breve presentación de la maestra frente a sus compañeros ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. No reparó en ellos, siquiera en su maestra, se limitó a saludar respetuosamente y sentarse en el único pupitre vacío que había en el aula, en el rincón más alejado. Los techos se encontraban increíblemente altos, sostenidos por gruesas vigas de madera. Las paredes parecían estar construidas con tiza y el piso cubierto de baldosas color naranja se sentía áspero y frío bajo sus pies. La silla no se sentía para nada cómoda y la precaria mesa que tenía frente a ella estaba construida totalmente en madera, no podía creer que todavía se mantuviera en pie. La maestra comenzó su discurso mientras escribía sobre el desgastado pizarrón verde oscuro con una tiza tan pequeña como su dedo meñique. Todos los niños presentes contemplaban en silencio y extrema quietud. Celeste no podía creer lo que estaba viendo. A decir verdad, por un instante creyó que todos ellos eran muñecos de cera perfectamente detallados. Todo parecía ser una puesta en escena de una vieja película.

La ventana que tenía a su lado le dejaba ver la extensión de la calle paralela a la escuela y, aunque ningún auto o persona caminaba por ella, le ayudaba a abstraerse de la muy aburrida clase de matemáticas. La lluvia había cesado por completo y el sol intentaba colarse entre las nubes. Sintió de pronto que el hambre la envolvía, eso significaba una sola cosa, el mediodía estaba cerca. Guardó sus lápices dentro de la cartuchera y cerró el cuaderno bajo la mirada curiosa de un chico a su lado. Fue entonces cuando lo notó. Entre los numerosos garabatos que la mesa tenía grabados, había uno que le llamó poderosamente la atención. Se trataba del nombre de una provincia y, debajo de ésta, un número. ¿Acaso una dirección? La curiosidad la invadió. A pesar de las advertencias iniciales de la maestra, extrajo su celular y registró aquel grabado con su cámara, justo antes que el sonido de una campana interrumpiera el incesante discurso de la maestra, dejando libres a todos de una vez.

La tarde transcurrió como de costumbre, una interminable seguidilla de aburridas horas sobre la cama, una cama a la cual aún no se había acostumbrado. Llegada la noche, mientras su madre preparaba la cena, descubrió la imagen en su celular. Ya lo había olvidado por completo. La fotografía que había tomado del banco en el colegio, el nombre de la provincia y un número. Rápidamente abrió el mapa del GPS en su celular e introdujo aquel nombre y el número como si fuera una dirección. Y así lo fue. Luego de unos instantes el GPS marcó un punto exacto en el mapa. Para sorpresa de Celeste, aquella dirección no se encontraba muy lejos del colegio. Una sensación de aventura la invadió y una leve sonrisa se dibujó en su rostro. El celular volvió a vibrar. Un nuevo mensaje de su amiga de siempre que le escribía desde la ciudad preguntando, una vez más, cómo se encontraba.

La mañana siguiente amaneció soleada, un día agradable de otoño en el pueblo. Celeste había descansado más que bien la noche anterior y comenzaba lentamente a familiarizarse con sus compañeros y los nuevos profesores. Las horas en aquella aula de techos altos y suelos fríos transcurrieron con rapidez. El grabado sobre la mesa de madera recubierta con un desgastado barniz continuaba allí, recordándole su nueva aventura. Tomó el celular y, escondiéndolo debajo, envió un mensaje a su madre.

Me quedo con unas amigas a la salida del colegio. Ven a buscarme una hora más tarde.

La respuesta no tardó en llegar, y una sonrisa cómplice se dibujó en su rostro. Una hora más tarde la campana sonó una vez más marcando el final de la jornada. Casi de inmediato, Celeste salió caminando rápidamente, asegurándose que nadie la viera y se perdió en la calle contigua al colegio. Guiándose por su celular, caminó varias cuadras por la calle de tierra hasta encontrarse con un descampado. Un grupo de perros vagabundos corrieron al verla, escondiéndose detrás de un gran arbusto reseco, mientras la observaban con curiosidad. Y entonces llegó. Allí era el lugar que su GPS le marcaba. Una reja vieja y oxidada, apenas en pie, con su puerta metálica asegurada con un candado tan añoso como extraído del fondo del mar. Detrás, un amplio jardín descuidado y abandonado, con pastos altos hasta su cintura y repleto de yuyos y arbustos de espinas. Más allá, casi escondida por los altos matorrales, una casa tan abandonada como lo que la rodeaba. Celeste se abrió camino a través de un hueco en la reja y avanzó dificultosamente entre la maleza hasta llegar a la puerta. Aquel lugar parecía haberse incendiado mucho tiempo atrás. Las ventanas sin vidrios y la puerta entreabierta era una invitación a entrar. Y, empujada por la curiosidad, ingresó. El interior acompañaba todo el resto, un oscuro y pequeño salón con pocos objetos destrozados que parecían ser muebles y el suelo cubierto de hojas secas, ratas muertas, insectos y viejos papeles. Un aroma rancio, apenas soportable, invadía todo el lugar. Las paredes se encontraban cubiertas de grafitis descoloridos. Celeste dio un paso más adelante cuando sintió que su pie pisaba un objeto rígido. Bajó la mirada y fue entonces cuando lo vio por primera vez. Apartando unas hojas amarillentas y lo que parecía ser la parte de un pequeño animal muerto mucho tiempo atrás, descubrió un pequeño cuaderno. Se encontraba en malas condiciones pero aun así podía leer las palabras que estaban escritas en él. Abrió sus páginas y… de pronto el celular sonó, rompiendo el silencio y sobresaltándola en gran manera. Era su madre, estaba llegando al colegio. Debía regresar cuanto antes. Guardó el cuaderno en su mochila y salió nuevamente hacia la calle. Los perros continuaban allí, contemplando cada uno de sus movimientos.

Asegurándose que su madre se había ya acostado en su habitación, Celeste extrajo el viejo anotador que había encontrado en la casa abandonada. Sus páginas tenían un aroma agradable, cosa que le extrañaba por completo. Bajo la luz de su pequeña luz de noche contempló el antiguo tesoro descubierto. Se trataba de un diario íntimo, escrito con letra de una niña y con decorado con algunos dibujos y figuras pegadas en sus páginas. Comenzó a leer. Efectivamente aquel diario pertenecía a una niña de aproximadamente su misma edad, su nombre era Raquel y había una foto de ella pegada rústicamente en una página. A pesar de lo deteriorada de la imagen, podía notar el rostro de una niña delgada, de ojos oscuros y tez blanca, su cabello era tan negro como una noche sin luna. En sus páginas describía su vida en aquel pueblo, sus deseos de aprender, de viajar, su música preferida, las comidas que disfrutaba cocinar, las historias con sus mejores amigos y anécdotas del colegio al cual asistía. El mismo colegio al que ella había comenzado a ir. Celeste se detuvo. Sus ojos se sentían cansados. Era muy tarde para continuar leyendo, al día siguiente debía levantarse temprano para regresar al colegio. Cerró el cuaderno y lo guardó celosamente bajo su colchón. Y se durmió.

Las horas transcurrieron muy lentamente para Celeste aquel día. Agotada por el viaje de regreso de la escuela, arrojó la mochila sobre la cama y se dejó caer sobre ella, extendiendo sus brazos y suspirando profundamente. Casi de inmediato abrió el pequeño cajón de su mesa de luz y extrajo el desgastado cuaderno de hojas amarillentas. Había pensado en él durante todo el día. Sin darse cuenta, como en un abrir y cerrar de ojos, había leído durante las últimas dos horas las vivencias de aquella niña de cabellos oscuros llamada Rebeca. Se preguntaba dónde estaría en ese momento aquella niña. La idea de devolverle el cuaderno que había perdido le resultaba más que motivadora. Entonces, al voltear la hoja, vio que el texto terminaba allí, abruptamente. En la última línea y escrita prolijamente a mano, había una pregunta escrita seis meses atrás.

¿Leerá alguien lo que he escrito aquí?

Celeste encontró irresistiblemente tentadora la idea de contestar la pregunta que Rebeca había dejado inmortalizada en esa última línea. Sin pensarlo demasiado, tomó un lápiz y respondió. ‘Yo te estoy leyendo. Mi nombre es Celeste y tengo tu misma edad’. Celeste sonrió un instante y contempló la hoja para luego cerrar el cuaderno y dejarse vencer por el sueño y el abrumador silencio del pueblo.

Jamás hubiera imaginado siquiera la abrumadora sorpresa que la esperaría al regresar del colegio, al siguiente día. Recostada sobre su cama, y con sus ojos grandes como dos soles, Celeste no podía quitar la mirada de aquella página. Su corazón latía con fuerza, invadido por una mezcla de temor, sorpresa e intriga. Allí, escrita en tinta azul, con la misma letra que el resto del cuaderno, y debajo de la pregunta que había escrito ella misma la noche anterior, había una respuesta.

Hola, Celeste. Gracias por leer mis notas. Cuéntame algo sobre ti.

Era imposible. Realmente imposible. ¿Cómo podría suceder? ¿Sería una broma de su madre? No… eso era algo que descartaba por completo, no sabía la existencia de aquel cuaderno. La letra era exactamente la misma con la que estaban escritas todas las hojas anteriores. Dejó el cuaderno a un lado. Un escalofrío recorrió su pequeño cuerpo mientras lo contemplaba en la penumbra de su habitación. Moviendo la cabeza de un lado a otro, trataba de encontrar una respuesta al enigma. Un instante después, decidida a revelarlo, tomó su lápiz y escribió nuevamente bajo la última línea.

Soy nueva en el pueblo. Me mudé aquí cuando mis padres se separaron. Ahora vivo con mi mamá.

Tal como lo había sospechado, aquellas palabras tuvieron su respuesta al día siguiente. Y la conversación con la extraña ‘niña fantasma’ se volvió una increíble rutina que Celeste disfrutaba al regresar, cada día, del colegio. Entre anécdotas e historias, se fueron conociendo, compartiendo vivencias y gustos en común. Pero una terrible idea cruzaba siempre por la mente de Celeste. Si Rebeca tenía la capacidad de escribir allí, sólo podía significar una cosa. La niña era un fantasma. Rebeca estaba muerta. No pasó mucho tiempo cuando Celeste decidió despejar sus dudas. Como única testigo de la existencia de aquel cuaderno milagroso, escribió una nueva pregunta. ‘¿Estás viva?’ Y, como lo había imaginado tantas veces, la respuesta no tardó en llegar al día siguiente. Debajo de su pregunta había un sencillo pero abrumador ‘no’.

El cuaderno permaneció varios días cerrado en el interior de aquel cajón. La respuesta había provocado en Celeste una terrible sensación, algo que no podía explicar con claridad. Se preguntaba si debía continuar conversando con el fantasma de la niña. Entonces, una fría noche de finales de otoño, mientras el pueblo era azotado una vez más por una violenta tormenta, Celeste abrió el cajón de madera y tomó en sus pequeñas manos el cuaderno. Allí, en la última página, aún permanecía aquel ‘no’ como respuesta a su pregunta, días atrás. Entonces, de manera inevitable, le preguntó cómo había sucedido.

La noche siguiente no pudo ser más escalofriante para Celeste. La respuesta de la niña muerta era extensa y terriblemente detallada. Había sido asesinada. Su cuerpo se encontraba destrozado, oculto en la profundidad de la tierra, en un lugar tan alejado que le era imposible descubrirlo. Al leer sus letras podía sentir el horror, el temor y la impotencia. Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Celeste a medida que recorría con sus ojos aquellas líneas. Debía hacer conocer su historia. Rebeca, o lo que quedaba de ella, necesitaba ser encontrada. Debía haber justicia. Necesitaba hacer algo por ella. Entonces rápidamente, escribió una nueva pregunta.

¿Quién te mató?

Al día siguiente, Celeste se encontraba sumergida completamente en sus pensamientos, acerca de cuál sería la respuesta de Rebeca a aquella terrible pregunta. ¿Acaso sabría quién era el asesino? ¿Sería alguien del pueblo? ¿Habría más víctimas enterradas bajo la tierra que sus pies pisaban cada día? Y si le daba un nombre… ¿cuál sería el próximo paso? ¿Si la policía estaba involucrada en todo? Ella podría ser la próxima víctima. La campana sonó finalmente y, recogiendo sus cosas, caminó hasta la salida, con la mirada perdida, abstraída de todos los niños que corrían y gritaban a su alrededor. Su madre ya no la esperaba en la puerta del colegio, había aprendido el viaje de regreso a casa y las calles del pueblo, según su madre, eran seguras. Se encontró rápidamente en su habitación. Caminó con temor hasta el cajón y tomó el cuaderno en sus manos. Quedó en silencio un rato hasta que decidió abrirlo. Como había de esperar, la respuesta estaba allí. Se sentó en la cama y comenzó a leer. Rebeca sabía quién era la persona que había terminado con su vida, la conocía, era alguien muy cercano a ella, alguien conocido por todos en el pueblo, su nombre es…

La respuesta terminaba allí.

Ya no había páginas en el cuaderno. Simplemente ya no quedaba lugar para escribir más. La respuesta se agotaba allí, abruptamente, inconclusa. Celeste quedó paralizada. No podía ser. ¡No podía ser cierto! Giró el cuaderno entre sus manos, revisándolo con desesperación. ¡Tenía que saber el nombre de aquel criminal! Fue en ese preciso momento cuando notó algo entre la contratapa y la última hoja. Una fina tira de papel rasgada permanecía sujeta al cuaderno. No podía ser otra cosa que la última página. La página que necesitaba para conocer la respuesta. Se desplomó sobre la cama, dejando de lado el cuaderno y quedó con la mirada extraviada en el techo de su habitación. Debía encontrar esa página, tenía que hacerlo. En un arranque de increíble locura y curiosidad, se vistió la campera, tomó su mochila y, luego de guardar el cuaderno, se trepó por la ventana de su habitación y salió de la casa.

Su corazón se aceleraba cada vez más mientras caminaba con prisa por las oscuras y desoladas calles de tierra. Conocía el camino lo suficiente como para guiarse sin necesidad de su celular, pero lo mantenía con la pantalla encendida para iluminar apenas el camino bajo sus pies. Un grupo de perros de la calle la contemplaron mientras cruzaba la esquina. A medida que avanzaba, se preguntaba por qué motivo la dirección de esa casa abandonada estaba grabada en aquel banco del colegio. En ‘su’ banco. Pero rápidamente la pregunta desapareció de su cabeza, ya no había lugar para más interrogantes. Después de unos minutos estaba allí. Se detuvo frente a la reja oxidada y revisó la batería de su celular. No restaba mucho tiempo, pronto se apagaría y quedaría en la oscuridad. Decididamente atravesó la reja como lo había hecho el primer día, cruzó por entre los altos yuyos y se adentró en la casa abandonada. Su corazón latía tan rápidamente que le costaba respirar, la adrenalina invadía cada centímetro de su cuerpo. Por un instante pensó en su madre. Si algo le sucedía, nadie sabría que estaría allí. Se arrodilló sobre el desaseado suelo, donde había recogido el cuaderno y comenzó a revolver entre la suciedad en busca de la hoja faltante. Su estómago se revolvía a medida que escudriñaba entre la basura acumulada. Y, de pronto, casi como un milagro, la vio. La hoja se asomaba entre un montículo de tierra. La reconoció de inmediato. Apuntó la luz de su celular hacia aquel lugar y tomó con delicadeza la hoja para luego sacudirle el polvo y la tierra de encima. Se puso de pie con una sonrisa en su boca. Acercó la hoja a sus ojos. Algo estaba escrito allí. No cabía duda que era el final de la respuesta de Rebeca. Entonces Celeste quedó paralizada. Una lágrima se escapó de sus ojos. Tragó saliva. Sentía que se desvanecía, justo antes de percibir una larga e increíblemente oscura sombra que se proyectaba tras ella. Un hedor nauseabundo invadió repentinamente el lugar. Dejó caer la hoja mientras su cuerpo temblaba sin control. Dio media vuelta en lo que pareció una eternidad. Allí, frente a ella, en la entrada de aquella casa perdida en el tiempo, una sombría silueta la contemplaba en silencio, acercándose lentamente hacia ella. Tomada de su mano había una niña. Con ojos llenos de lágrimas, Celeste reconoció el rostro de la niña, asomándose entre sus cabellos negros como una noche sin luna. Se llevó un dedo hacia la boca en señal de silencio mientras una espantosa sonrisa se dibujaba en su boca sin vida. ‘Rebeca’ fue lo último que Celeste alcanzó a decir, justo antes que la oscuridad la cubriera por completo.

 

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