Música ambiental para su lectura

 

EL LIBRO DE LA VIDA

Género suspenso

 

El cielo plomizo, sombrío, silencioso, oscuro, se extendía firme y seguro sobre la ciudad aquella ventosa y fría tarde de otoño. Cayendo libremente a merced del viento, las diminutas pero penetrantes gotas de lluvia estallaban en mil pedazos al golpear el desprolijo dibujo que formaban las baldosas bajo sus pies. Un mar de paraguas se desplazaba en su búsqueda incesable por darle razón a su existencia, mientras las luces comenzaban a teñir de colores las calles de la ciudad.

Esquivando con rapidez un charco de agua, Marcos continuó a paso firme, deseando llegar pronto bajo la calidez del techo de su hogar. Era un día perfectamente normal en la siempre tranquila ciudad que lo había visto nacer y crecer. Asió con firmeza su desgastado paraguas en su lucha desigual contra el viento y avanzó por la acera sin levantar la vista. Sumergido en profundos pensamientos, sus pies lo guiaban a destino, como lo hacían cada día de la semana al salir del trabajo. Se detuvo. El golpeteo constante y monótono de la lluvia lograba menguar en parte el murmullo de la gente que lo rodeaba. Miró a su alrededor, todos parecían tener su mismo objetivo: regresar al hogar, a la hermosa sensación de un abrazo de bienvenida, o tal vez al cálido sentir de un beso, o quizás el ansioso y alegre ladrido de un perro. Pero sabía que nada de eso lo esperaba a su regreso y, aunque ya no recordaba la gratificante sensación de una sincera bienvenida, en su interior guardaba la eterna esperanza que las cosas cambiarían. Y pronto.

La destellante luz verde del semáforo se abrió paso entre las gotas de lluvia. La multitud avanzó. Por un instante quedó absorto en sus pensamientos, sin advertirlo, sumergido en su propio mundo. Miles de rostros cruzaban a su alrededor, desconocidos que tal vez nunca más volvería a ver, miles de historias en cada uno de ellos. Miradas perdidas, preocupadas, pensativas, alegres y distantes, enamoradas, tristes o cansadas pasaban por su vida como estrellas fugaces. ¿Qué misterioso e imperceptible hilo del destino las unía? Infinitas historias de amor, de aventura, engaños y alegrías, éxitos y fracasos se escabullían en las calles de la ciudad, cruzándose entre ellas como una telaraña de dimensiones incalculables. Historias increíblemente diseñadas, ocultas e inalcanzables hasta para el más hábil de los escritores. ¿Qué incomprensible hechizo los juntaba cada día por la misma senda, a la misma hora y, sin embargo, no se reconocían? ¿Acaso el destino cubría con un manto impenetrable cada una de aquellas vidas, hasta el preciso momento en que, necesariamente, se cruzarían? Sabiendo que nunca hallaría su respuesta, continuó su recorrido habitual, abriéndose paso por la atestada avenida.

Marcos se consideraba una persona “normal”, desprovista de historias fascinantes ni anécdotas increíbles, tampoco cargaba un pasado digno de relatar, ni grandes ambiciones a alcanzar. En aquellos días, su vida giraba en torno a su trabajo, sus pocos pero fieles amigos y a la paz que su música le brindaba. A sus cuarenta, podía sentirse conforme con lo que había alcanzado. Carecía de grandes aspiraciones ni sueños imposibles, su sencilla y cómoda vida lo había llevado a ser una persona serena, de pensamientos profundos y poca palabra. Podía disfrutar de su propia compañía en el silencio de las noches, aunque nunca había abandonado su deseo de formar una familia. Alguien con quien compartir sus malos y buenos momentos, sus sueños y anhelos, alguien con quien caminar bajo la lluvia.

Un insulto apenas audible lo alejó inmediatamente de sus pensamientos, al tiempo que su paraguas golpeaba la cabeza de un joven que pasaba con prisa a su lado. Al doblar en una esquina, entornó los ojos y suspiró profundamente. Menos de cien metros lo separaban de su hogar. Avanzó con más rapidez, saludando con un ademán a los encargados y vecinos que, como cada tarde, lo veían pasar a la misma hora. Para ganar tiempo introdujo su mano en el bolsillo, en búsqueda de las llaves. Movió rápidamente sus dedos húmedos hasta chocar con el frío metal y escuchar el característico sonido. Fue en ese momento cuando la vio.

Una delgada y elegante silueta de mujer se recortaba contra la puerta de su hogar. No podía ver su rostro. Su largo abrigo color escarlata cubría casi de forma perfecta su fina figura. Sus cabellos negros como la más oscura de las noches se extendían sobre su espalda, ajenos por completo a la inclemencia del tiempo. A medida que se acercaba, Marcos la observó alejarse lentamente, con un andar firme y etéreo, casi imperceptible, y perderse entre la gente. ¿Quién sería aquella extraña dama? ¿Acaso se había equivocado de dirección? ¿Lo estaría buscando a él? Miles de preguntas se entrecruzaron por su mente. Por más que lo intentase, no recordaba conocer o haber visto a ninguna mujer con esa increíble soltura y elegancia de su porte.

Haciendo bailar las llaves entre sus dedos, Marcos atravesó con cierta celeridad la angosta entrada, para luego subir los escalones de mármol que lo conducían a la puerta de su hogar. Giró la cabeza una última vez, cerciorándose que aquella extraña mujer no lo estuviera observando. Nadie había allí. Cerró el paraguas y, luego de sacudirlo con fuerza, giró la llave hasta que la puerta se abrió con un suave chirrido. Fue justo en ese preciso instante cuando sintió el golpe en la punta de su pie. Bajando la mirada lo vio. Allí, sobre el piso, justo delante de él, un pequeño paquete prolijamente envuelto.

¿Qué es? ¿Un regalo? ¿De quién será? Faltaba mucho para su cumpleaños; igualmente, no conocía nadie quien le dejase un regalo. ¿Acaso la extraña mujer tendría relación con aquel objeto? Se agachó para recogerlo y lo alzó cuidadosamente hasta la altura de sus ojos. Se sentía pesado. Tenía el tamaño de una caja de zapatos. Sacudiéndolo suavemente sintió algo en su interior que golpeaba los lados. Se lo acercó a su oreja, pero no emitía sonido alguno. Frunciendo el entrecejo en un gesto de perplejidad, entró a la casa con el paquete en sus manos.

Un charco de agua de lluvia se dibujó en el reluciente piso de madera del hall de entrada cuando apoyó el paraguas contra un rincón. Colgó su abrigo detrás de la puerta y dejó caer el maletín. Toda su atención se centraba ahora en el inesperado regalo que ahora yacía sobre la mesa central del living. ¿Sería realmente para él? No recordaba haber realizado ninguna compra. Lo hizo girar una vez más sobre la mesa y comenzó a extraer el papel que lo envolvía. Una caja de cartón sin marca alguna apareció. Con cuidado abrió la tapa, la cual no presentaba ninguna protección y, en ese instante, ante sus ojos, apareció.

Un libro.

Su tapa color rubí de un fino material semejante al cuero de la mejor calidad, brillaba en la penumbra de la habitación. Era un libro gordo, pesado, de hojas amarillentas, pero parecía no haber sido abierto nunca antes. No presentaba ninguna inscripción, ni título, ni ninguna otra señal de su procedencia o contenido. Miles de preguntas comenzaron a nacer en su cabeza. Perplejo, Marcos pasó su mano sobre la superficie para sentir la suavidad de su cubierta. Lo tomó en sus manos y lo abrió de inmediato. La primera página estaba en blanco, la segunda también, pero la tercera… la tercera estaba impresa con finas letras negras.

Su nombre completo.

¿Alguien le había escrito un libro, o acaso dedicado? ¿Qué clase de regalo sería ese? ¿Quién se tomaría el trabajo de hacerlo? Giró la página, y lo que encontró a continuación lo dejó aun más perplejo. No había prólogos, ni introducciones, ni capítulos, nada. El texto comenzaba de forma repentina.

“27 de Agosto de 1969. Ciudad de Buenos Aires. En una helada madrugada de invierno, y para sorpresa de su madre primeriza, se escuchó el llanto del recién nacido, a quien dieron a llamar Marcos, en honor a su abuelo paterno que había fallecido pocos meses atrás…”

La lectura de aquel primer párrafo aceleró su corazón. Se dejó caer en el sofá con el libro en sus manos, y continuó leyendo. Era evidente que se trataba de su nacimiento. Las siguientes líneas fueron aun más desconcertantes.

“Grande fue su sorpresa cuando, al levantarse del piso, sintió que su diente ya no se encontraba en su lugar…”

Varias páginas más adelante continuaba el relato.

“Fue en aquel instante cuando la vio por primera vez, era la joven más hermosa que jamás había visto, y se había sentado a su lado el primer día de clases…”

Aquellas líneas relataban, con lujo de detalle, toda su vida, aun sus pensamientos más profundos. Cada palabra escrita, cada letra reflejaba su propia existencia. No había manera que alguien pudiese saber todo lo que allí estaba escrito. Era imposible. ¡Imposible! Su corazón se aceleraba cada vez más a medida que pasaba de página en página. Cada párrafo era un momento de su pasado, muchos de ellos ya olvidados por completo. ¿Cómo sería posible?

Sus manos comenzaron a temblar mientras se aferraba con fuerza al libro. En él había leído momentos casi borrados de su memoria, instantes prolijamente detallados. Pensamientos y diálogos registrados a la perfección. Aquellos momentos cuando terminó sus estudios, cuando se inició en su trabajo. Cada día relatado en detalle. No podía ser cierto.

Sin poder controlar su emoción ni el temblor de su cuerpo, dejó caer el libro a un costado y se puso de pie, observándolo en silencio. Su respiración se había vuelto un jadeo sonoro y una gota de sudor se deslizaba por su cien. Comenzó a caminar alrededor de la mesa central tratando de pensar cómo podía ser posible aquello que había llegado a sus manos. ¿Quién sería capaz de registrar cada instante de su vida? ¿Acaso habría alguna manera de que alguien supiera todos sus pensamientos y emociones más profundas? ¿Cómo fue posible realizar semejante trabajo durante tantos años? ¿Quién era aquella misteriosa mujer? ¿Acaso la autora?

Con su ropa empapada por la lluvia, se apoyó contra una de las paredes sin sacar su mirada de aquel libro que permanecía inmóvil sobre el sofá. Innumerables preguntas comenzaron a surcar su mente a tal punto que temía por su propia cordura. Y en ese preciso momento, una pregunta en particular lo sobresaltó más allá de lo esperado. Un escalofrío recorrió su cuerpo y su corazón comenzó a latir con más fuerza. Una pregunta terrible, cuya respuesta no estaba seguro de querer saberla. No podía comprender del todo la magnitud de ese cuestionamiento que su mente le había presentado, pero aun así esa pregunta le provocaba un terror incomparable, un miedo profundo, tan profundo como su misma humanidad.

Si aquel libro era la historia de su vida, ¿qué líneas contendría su última página?

Aquella pregunta le hizo comprender la terrible realidad. Su vida tendría un final, como la de todos los demás, y aquel final estaría detalladamente relatado y registrado en aquellas últimas páginas. ¿Sería posible que pudiera conocer su final? ¿Esas últimas páginas contendrían en sus líneas sus últimos pensamientos? ¿Acaso descubriría de qué manera terminaría su vida?

Todo era una locura. Una terrible pesadilla. Una broma de muy mal gusto. Se aproximó unos pasos y se dejó caer sobre una de las sillas, sin apartar su mirada de aquel libro de tapa roja. Inspiró profundamente en un intento por calmar sus miedos, su ansiedad. Se pellizcó un brazo para comprobar que no era un sueño. Todo era muy real, malditamente real. Quizás sus ojos lo habían engañado. Tal vez aquella lectura había sido perfectamente escrita para provocarle tal terribles pensamientos. Se levantó de inmediato y volvió a tomar el libro en sus manos. Lo abrió y comenzó a pasar las páginas. Página 10, 20, 50… cada una de ellas relataba un momento de su vida casi olvidado. Página 140, 280, página 347… hasta que logró encontrar ese preciso momento.

“En un intento por corroborar lo verosímil de la situación, decidió continuar la lectura de su vida. Fue cuestión de segundos que logró comprobar, con terrible pesar, que todo aquello era tan real como sus miedos.”

Cerró el libro de inmediato. Continuar leyendo sus palabras provocaría su desquicia. Se desplomó sobre el sofá y dejó caer su cabeza hacia atrás, observando el cieloraso. ¿Qué sentido tenía su vida si ya estaba escrita en aquel libro? ¿Qué decisiones podría tomar si ya todo estaba destinado a ser así? ¿Habría algo que pudiera hacer para evitarlo? ¿Acaso evitar su propia muerte?

Apoyando el libro sobre sus piernas lo observó detenidamente. Su cubierta rojo brillante reflejaba su rostro y su mirada de desconcierto. Ante él estaba la historia de su vida, su pasado, su presente y un futuro ya escrito. Y, en las últimas páginas, el inevitable final. Tomó el libro y apoyó sus dedos para abrir las últimas hojas, pero de inmediato se detuvo. No se sentía preparado para conocer su destino final. Por otro lado, si pudiera saber cómo terminaría su vida, tal vez tendría una oportunidad de evitarlo. ¿Será ese libro su oportunidad de salvarse de su propia muerte? ¿Era acaso una maldición o una bendición? Pero rápidamente comprendió que la cantidad de sus páginas eran limitadas. Llegar a un final era algo dolorosamente real. Terriblemente real.

Pasó sus dedos lentamente sobre las últimas hojas. De inmediato una nueva y terrible idea cruzó por su mente. Leer esas líneas podría provocarle la muerte. Tal vez, solo tal vez, esas últimas palabras relatarían lo que en ese momento estaría haciendo y, por una ironía del destino, leería su propia muerte justo antes que suceda. Un nuevo escalofrío recorrió todo su cuerpo y apartó sus manos del libro.

Dejando aquel libro a un costado, se levantó nuevamente y encendió su hogar a leña para calentar la habitación. Se quitó de encima toda la ropa húmeda para colgarla a un costado, cerca del fuego. Luego se perdió en la cocina para regresar con un café caliente entre sus manos. A través de la ventana podía ver que la lluvia tenue se había convertido en una fuerte tormenta. Vistiendo una cómoda bata y unas muy mullidas pantuflas volvió a sentarse en el sofá, sin poder evitar ocupar sus pensamientos en otra cosa que no sea aquel libro y su contenido. En él estaba todo su futuro, todo lo que iba a suceder de ahora en adelante, incluso ese mismo instante que lo estaba pensando. Todo estaba allí. Todo…

La simple lectura de esas páginas le darían el poder de conocer el futuro, ¿pero acaso eso era una buena idea? ¿Cómo podría leer su futuro sin intentar cambiarlo? Conocerlo sería modificar su destino. Cualquier cambio sutil podría significar un giro importante en su vida. Sin embargo, todo ya estaría allí, registrado… Esas páginas sabían sus pensamientos, sus movimientos, sus más profundos miedos. Aun en ese instante conocían lo que estaba pensando. Porque, de algún modo, ya estaba allí.

¿Quién había sido el artífice de tal obra? ¿Cómo puede ser real algo tan descabellado, tan inmensamente fantástico que apenas podía comprender? ¿Alguien más que él y su autor lo habrá leído? Después de formularse esa pregunta se detuvo. Fue entonces que comprendió que su vida entera era la obra de alguien más. Toda su existencia no era más que una simple historia creada y escrita por alguien. Durante cuarenta y cinco años no hizo más que cumplir con cada una de sus palabras, de sus ideas y creaciones. Un inmenso vacío se apoderó de su ser. En un abrir y cerrar de ojos su vida se había transformado en algo muy ajeno a él, en algo totalmente diferente. Su vida ya no le pertenecía. No tenía decisiones, ni voluntad. Su pasado era autoría de alguien más. Comprendió que solo era un actor de una cruel obra de teatro escrita por la mano de alguien. Alguien…

Una sensación de infelicidad lo invadió. Comprendió cuán insignificante era al saber que, aun en ese preciso momento, todo lo que sentía y pensaba era obra de alguien, totalmente ajeno y desconocido para él. Qué retorcida mente habría escrito el capítulo de esa noche, al entregar en sus manos aquella terrible realidad. Qué vendría después de esto. ¿Cómo continuaría su vida luego de saber que ya estaba todo escrito? Era un simple robot, un miserable ser cuyos pensamientos estaban programados con lujo de detalle. Estaba preso dentro de su cuerpo, de sus emociones y de su mente. Su libre albedrío, sus ideas, pensamientos, valores, miedos y sentimientos no le pertenecían. Nunca lo hicieron.

No pudo evitar romper en llanto. Con manos temblorosas tomó el libro y comenzó a escudriñar nuevamente sus páginas, con temor a abrir alguna que no quisiese leer. Hoja tras hoja fue leyendo fragmentos de su propia vida, algunos tristes, otros alegres. Momentos inolvidables y situaciones que había olvidado por completo muchos años atrás. Decisiones de las cuales se había arrepentido, y otras de las que se sentía muy orgulloso. Volvió a recordar personas que pasaron por su vida, seres queridos que ya no estaban más y muchos otros que añoraba y que solo encontraba en sueños. Amores imposibles y amigos de siempre se encontraban aún con vida en aquellas páginas. Luego de dar vuelta una nueva página se encontró a sí mismo caminando por la acera bajo la lluvia, y reconoció el momento, horas atrás. El relato narraba el instante que había encontrado ese mismo libro a sus pies. La ansiedad por avanzar más lo invadió. Pero en un intento por controlar sus actos volvió a cerrar el libro de un golpe seco. Todo era muy real, no había dudas. Ya no importaba quién lo había escrito, ni la misteriosa mujer en su puerta. Solo era el libro y él. O quizás eran uno solo.

Transcurrieron las horas de aquella noche. La tormenta caía con toda su furia sobre la ciudad que dormía, totalmente ajena a lo que sucedía en esa habitación. Marcos continuaba allí, tratando de encontrar una explicación lógica, un orden a sus pensamientos. Pero todo era en vano. En el silencio de la madrugada se encontraban los dos allí, el libro y él, iluminados por el tembloroso fulgor del fuego de su hogar encendido. Aquel libro yacía inmóvil, indefenso sobre el sofá, pero tenía el poder de dominar su vida por completo. No había manera de escapar de su ya escrita realidad. ¿Habría una manera de escapar de su realidad? ¿Acaso la respuesta a esta pregunta estaría en el libro mismo? ¿Cómo continuaría la vida después de conocer esta terrible verdad? Marcos sabía que todo se encontraba allí, en esas páginas, a pocos centímetros de él. Solo tenía que abrirlo y leer.

Leer.

Se reincorporó y tomó el libro en sus manos. Lo notó ligeramente liviano desde la última vez que lo sostuvo. Lo abrió de par en par y comenzó a leer. Para su sorpresa, aquella página relataba ese preciso instante.

“Angustiado por el reciente descubrimiento de la levedad de su existencia, abrió sus páginas nuevamente en un nuevo intento por escapar de la realidad. Sin embargo, luego de unos segundos comprendió que nada podía hacer para evitar lo que, muy dentro de él, sabía que era inevitable.”

Al leer estas líneas, se desplomó. Cerró los ojos y contuvo la respiración intentando calmar el ritmo de su agitado corazón. No podía continuar leyendo. La sensación que provocaba su lectura era espantosamente real. Cada palabra, cada línea expresaba sus pensamientos. Su vida estaba siendo controlada por aquel libro, por sus malditas palabras. Malditas palabras. Ese libro era una maldición. Una maldición que controlaba su vida desde el primer momento de su existencia en este mundo. Una maldición.

El ritmo de su corazón se aceleró más y más. Su respiración se había convertido en un jadeo constante y una sensación de desesperación lo invadió por completo. Debía terminar con la pesadilla. Debía hacerlo. Observó el hogar encendido y las llamas danzando en su interior. Una loca idea se apoderó de su mente y, girando su cabeza, observó el libro que continuaba abierto sobre el sofá.

Volvió tras sus pasos y tomó el libro en sus manos sudorosas, para luego acercarse nuevamente hacia el calor de las llamas. El resplandor del fuego se reflejaba en la tapa brillante de aquella obra maldita, haciéndolo relucir aun más en la oscuridad de la habitación. Una sonrisa se descubrió en su rostro mientras una descabellada idea se hacía cada vez más fuerte en su pensamiento. Debería quemar el libro. Quemarlo. De esa manera, estaría libre para siempre de su realidad. Tendría control de su vida por primera vez.

En un acto de desesperación, arrojó el libro a las llamas, viéndolo desaparecer tras éstas. El fuego pareció avivarse intensamente y una llamarada se escapó hasta alcanzar sus manos, sin quemarlo. Un leve repiquetear se escuchaba entre las llamas. Ya estaba hecho. Era libre. Libre de verdad.

Era libre.

Se dejó caer de nuevo en el sofá. Suspiró profundamente observando el fuego. Una sensación de paz y alivio lo envolvió y cerró los ojos para descansar, sintiendo que esta vez, lo hacía por su propia voluntad.

 

 

Las penetrantes sirenas de los bomberos rompieron con la tranquilidad del barrio aquella mañana. La tormenta había cesado por completo, y la luz del sol se asomaba tímidamente en el horizonte. La noticia se había hecho eco en los medios y las cámaras no se hicieron esperar. Poco menos de dos horas había transcurrido desde que el fuego había consumido por completo aquella casa. No había sobrevivientes. Decenas de bomberos caminaban por la calle guardando sus herramientas y enrollando las mangueras luego de haber extinguido el fuego por completo. Cansados por la ardua tarea, se disponían a regresar al cuartel, angustiados por no haber podido salvar a la única persona que se encontraba en el interior de aquella casa.

Levantando la voz sobre la multitud y el intenso movimiento, una joven periodista, micrófono en mano, relataba lo sucedido en vivo para los noticieros locales.

—Nos encontramos en el lugar del hecho donde, lamentablemente, un joven de cuarenta y cinco años, al cual identificaron como Marcos Sebastián Varese, perdió la vida al incendiarse la casa donde vivía solo —tragó saliva antes de continuar—. Todavía no sabemos a ciencia cierta sobre las causas de esta tragedia, pero nos informaron extraoficialmente que pudo haber sido el hogar encendido lo que provocó el siniestro. Esto había sorprendido a Marcos, quien se encontraba durmiendo en el interior de la vivienda.

Dicho esto, hizo una pausa, escuchando las preguntas que le hacían desde el piso a través de sus auriculares. Luego de un momento, continuó.

—Sí, César, es verdad. La vivienda se consumió por completo a causa del intenso calor del incendio pero, para sorpresa de los bomberos que lograron ingresar luego de extinguir el fuego, sobre el suelo se encontraba un libro. Pero no cualquier libro. Según la información que me llegó hace instantes, este libro se encontraba en excelentes condiciones, y contiene en su interior toda la vida de Marcos, desde su nacimiento hasta el mismo momento de su muerte, pocos segundos antes de que suceda el siniestro —hizo una nueva pausa—. Sí, creemos que él mismo lo escribió planeando, de alguna manera, su propio final.

 

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