Música ambiental para su lectura

 

NO ABRAS LOS OJOS

Género terror

 

La eléctrica luz de un rayo cercano se filtró entre las rendijas de la persiana colándose hasta el último rincón del cuarto de Lucas. Uno… dos… tres… cuatro… y de pronto, el estruendoso trueno estremeció toda la casa como la pisada de un gigante. «Eso fue cerca», pensó mientras se acomodaba en su cama. Trece soldados de plástico yacían inertes a un lado de su cama, testigos de una silenciosa batalla sin heridos ni bajas. A Lucas le gustaba contar, le fascinaban las matemáticas y, con sus cortos 8 años, ya podía resolver problemas que aun su hermano mayor de 14 años le costaba entender. «¡Este niño es un genio!» solía decir su maestra. Aún aquel doctor que había visitado poco menos de un mes antes, cuando resolvió una sencilla cuenta de días antes que él. Recordaba que su mamá se había emocionado hasta las lágrimas y eso lo hacía sentir orgulloso.

Otro resplandor más y, seis segundos después, el trueno llegó a sus oídos haciendo temblar el vidrio de su ventana. «Se está alejando», pensó. Su hermano Marcos yacía recostado de lado en su cama, a metro y medio de la suya, dándole la espalda. A pesar que eran solo las diez y media de la noche, aquel había sido un día difícil para Marcos después de una discusión con su novia y un largo y tedioso examen donde lo habían «engañado como a un tonto», tal como había escuchado de su propia boca mientras le contaba lo sucedido a mamá. Lo cierto fue que desde que regresó de la escuela no había hecho más que gruñir entre dientes, patear las cosas y echarse a dormir sin mucho más que decir. «Cosas de grandes» pensaba Lucas, deseando no ser así llegado a esa edad.

Se acomodó nuevamente en su cómoda y cálida cama. Fue entonces cuando escuchó el sonido de unos pasos que se acercaban hacia su cuarto. De inmediato giró su cabeza para observar el rosario que su abuela le había regalado días atrás. Veinticuatro días atrás, según recordaba. Lo tomó rápidamente y lo guardó debajo de su almohada. Los pasos se acercaban y su corazón comenzó a latir con rapidez, podía sentirlo en su pecho. Recordó las noches anteriores cuando había escuchado pasos en ese mismo pasillo, noche tras noche, la misma cantidad de pasos acercándose a su puerta. Eran 22 exactamente. Veintidós pasos que se aproximaban con lentitud y se detenían allí, a pocos metros, detrás de la puerta de su cuarto. «¿Sos vos, mamá?» preguntó en una ocasión con el poco aliento que su miedo le permitía usar. Pero el silencio fue la única respuesta. Lo cierto era que, desde que se mudaron a aquella vieja y destartalada casona en las afueras de la ciudad pocas semanas atrás, ese sonido se hizo presente casi todas las noches.

Papá no había prestado atención a su relato, su respuesta fue tan vaga y lejana que, casi con seguridad, no había escuchado sus palabras. «Es una casa vieja y las cañerías rugen de vez en cuando», fue la respuesta de mamá. La abuela escuchó con un poco más de detenimiento la historia y, gracias a ella, tenía aquel rosario que lo protegería de todo pensamiento. O de lo que fuera. Lucas tenía miedo, y parecía ser el único incapaz de manejar la situación. «Tenés que ser un hombre, tenés que ser fuerte, hijo» le había dicho su padre días atrás. «Sé un hombre», se decía a sí mismo. Los pasos se acercaron cada vez más y, sin previo aviso, una silueta apareció en la puerta de la habitación.

«Ya es hora de dormir», dijo Venice, su mamá, mientras se acercaba con una sonrisa hacia la cama. Lucas podía notar cierta emoción en su mirada.

—¿Te sentís bien? —le preguntó sin borrar su sonrisa del rostro, tenía los ojos vidriosos. Seguramente había notado el semblante pálido y temeroso de Lucas cuyo rostro se escondía casi en su totalidad debajo de la sábana.
—Sí, ma.
—Bien… Ahora a dormir —se despidió, dándole un beso particularmente largo sobre la frente y acomodándole luego la ropa de cama—. Que tengas una linda noche. Y no te asustes por la tormenta, ¿si?
—Sí… —respondió Lucas notoriamente más calmado con la presencia de su mamá en el cuarto—. Ya soy grande, no me asustan las tormentas.
—Te amo.

Venice hechó un vistazo rápido hacia la cama de Marcos quien había hecho caso omiso a su presencia para luego regresar a la puerta y desaparecer lentamente tras ella.

La habitación había quedado en penumbras, salvo por una tenue luz cálida que llegaba desde la silenciosa calle y se filtraba por la ventana. La lluvia había cesado y ahora el silencio invadía el cuarto. Lucas respiró hondo y se echó de lado apoyando su cabeza sobre sus dos manos. Y cerró los ojos.

Pasos.

Un lejano sonido llegó a sus oídos. Pero qué…

Pasos.

Dos pasos. Dos. Y, de pronto… fueron tres. Antes que reaccionara escuchó el cuarto paso. ¿Habría habido más antes que despertara? El quinto paso. No estaba del todo seguro que fueran ya solo cinco, y… Seis. Se incorporó de un salto en la cama y miró a un lado. Marcos continuaba inmóvil, en su sueño profundo. ¿Acaso no escuchaba nada? Siete. «Es mamá», pensó en un intento desesperado por no entrar en pánico. Debe haberse levantado porque quizás… Ocho. Pero dentro suyo sabía que no era Venice. Tampoco su papá. Lo presentía. Nueve. Su corazón comenzó a latir con fuerza, hasta podía escucharlo en el completo silencio de aquella fría noche.

Diez.

Se cubrió la cabeza con las sábanas y cerró los ojos. «A los veintidós pasos se irá», se dijo a sí mismo tratando de calmarse a sí mismo. Pero era en vano. Once. «Ya está a mitad de camino». Es sólo la cañería de esta vieja casa. Doce. ¿Pero cómo una cañería puede hacer ese sonido tan característico cada noche? Trece. Lucas comenzaba a entrar en pánico. Aquella noche sentía algo especial, algo que no estaba bien, una sensación nueva y estremecedora recorrió su espalda. Miró el reloj: eran las 3:03 de la mañana. Catorce pasos. Se escuchaban más claros, más cercanos, más reales.

Quince.

«Marcos», susurró en la oscuridad. «Marcos». Su voz apenas se escapaba de su boca. Pero su hermano no despertaba. Pensó en levantarse y sacudirlo, pero su temor era tanto que el sólo pensar alejarse de su cama lo estremecía. Dieciséis. Estaba agitado y le costaba respirar. De pronto recordó el rosario. Escudriñó con su mano debajo de la almohada hasta que lo sintió en sus dedos. Lo tomó con fuerza, envolviéndose la mano con él. Dieciocho. Faltaban sólo cuatro pasos para que la pesadilla termine. Debía grabarlo con el celular de Marcos, sólo así podrían creerle. ¿Cómo podía ser que nadie en esa casa escuchara…? Diecinueve. El celular de Marcos estaba sobre su mesita de luz. Quizás si estiraba su brazo con todas sus fuerzas podía alcanzarlo y grabar todo lo que estaba ocurriendo.

Veinte pasos.

Abrió los ojos en un intento por acostumbrarse a la oscuridad de la habitación. El teléfono de su hermano estaba allí, podía alcanzarlo. Podía grabarlo y, mañana por la mañana, todos sabrían que no estaba mintiendo. Que no eran cañerías viejas. Veintiún pasos. Fue entonces cuando lo vio. En la penumbra de su cuarto, allí, a metro y medio de su cama, uno de sus soldados de plástico había quedado atrapado entre la puerta y el marco, impidiendo que ésta se cerrara. Un escalofrío lo estremeció. La puerta estaba abierta. Abierta.

Veintidós pasos.

Con la rapidez que sólo el miedo puede dar, Lucas volvió a desaparecer debajo de sus sábanas, sosteniendo el rosario con fuerza entre sus dedos. Había escuchado ya veintidós pasos. ¿Eso había sido todo? ¿Como cada noche? El silencio era estremecedor. Podía escuchar el sonido de su respiración agitada. Le costaba recuperar el ritmo de su aliento y, aunque no podía ver nada a su alrededor, mantenía los ojos bien abiertos. Sentía su corazón golpear con fuerza contra su pecho. Fue entonces, en ese instante, cuando lo escuchó. El paso veintitrés.

Estaba adentro.

Lo podía sentir. Una presencia allí, en su cuarto. Sintió un frío recorrer sus piernas. Quiso gritar o llorar, pero se encontraba paralizado de miedo. Pensó en su mamá, en las últimas palabras que le había dicho. A su mente llegó su abuela y el rostro incrédulo de su papá ante sus palabras. Veinticuatro pasos. Recordó a Marcos, que se encontraba en su cama, a metro y medio de distancia, ignorando todo lo que estaba pasando en su misma habitación. ¿Y si despertaba en ese instante? Hasta recordó a Peny, aquel revoltoso caniche que lo acompañó en su niñez.

Veinticinco pasos.

«Está al lado de mi cama», comprendió Lucas en ese momento. Sintió una brisa fría a su lado, pero mantenía los ojos cerrados, acurrucado debajo de las sábanas e intentando hacer el menor ruido posible a pesar de su agitada respiración. Entonces, con una sensación de terror que jamás había experimentado, pudo notar el peso de un cuerpo sobre su cama, a su lado. El aliento fétido y frío de un ser terriblemente ajeno a su mundo se hizo sentir sobre su cabeza. Y una voz áspera resonó en el interior de su mente: «No abras los ojos».

Y así lo hizo.

 

 

Venice se alejó del cajón con la mirada perdida y los ojos húmedos e hinchados de tanto llorar. Fue cuando se encontró con Zara, su amiga de toda la vida, quien le acercó un pañuelo y la rodeó con sus brazos.

—Lo siento tanto… —susurró con desconsuelo— Jamás imaginé que iba a ser tan pronto.
—Nadie puede estar preparado para esto —respondió Venice, negando con su cabeza y haciendo un esfuerzo por expresar palabras.
—Fue todo tan rápido… Tan…
—Tal como lo habían diagnosticado veinticinco días atrás.

 

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